Independientemente del tipo de acuerdo al que dos partes quieran llegar, se deben cumplir dos condiciones: primero, debe haber un balance en las condiciones de ambas partes y en el beneficio que obtendrán y en segundo término, debe haber voluntad para llegar a un acuerdo de beneficio mutuo. Aunque la primera es posible de alcanzar o crear por medio de la negociación, sin la voluntad o intención de llegar a concretar es imposible sentarse a negociar y materializar un balance de condiciones y beneficios. En México no existen actualmente ni la intención ni la voluntad para lograr cualquier tipo de acuerdo comercial con China, es claro que al menos en el corto plazo no podrá entablarse esta relación.
Sin embargo, la interrogante permanece ¿puede haber libre comercio entre China y nuestro país? No hay que ser un gran analista para darse cuenta que para China tener un tratado de libre comercio con México sería de gran beneficio, porque le daría acceso directo al área del TLCAN y a la Unión Europea (regiones que en los últimos años le han impuesto diversas medidas de salvaguarda a fin de proteger su propia planta productiva, a pesar de que esta última es su principal socio comercial). Sin embargo, para México son más claros los riesgos que los beneficios de concretar un acuerdo comercial con el país más poblado del planeta (actualmente China concentra más del 19.5% de la población mundial) aunque no hay duda de que sí habría tales beneficios, especialmente en el área de inversión.
China es conocida en México por ser un país proveedor de mercancías baratas, de productos con calidad cuestionable, de imitaciones y de productos fabricados en enormes cantidades a muy bajo costo (lo cual hacen aún muchas empresas) sin embargo, quienes lo conocen mejor saben que no todo lo que se hace en ese país sigue tales prácticas y que para la mayoría de las empresas de manufactura (tanto de bienes intermedios como de consumo final) el objetivo comercial principal es su mercado interno, no los internacionales. Muchas empresas chinas conocen sus limitaciones comerciales en los mercados de países desarrollados, sabiendo que por su cuenta (con su marca y recursos propios) les es poco rentable incursionar en los mercados norteamericanos y europeos, ya sea porque invaden el territorio de algunos de sus principales clientes de subcontratación (y no quieren perderlos) o porque les es casi imposible salir del estereotipo de que “Made in China” significa barato (en términos de costo y calidad). El rápido crecimiento y evolución de su mercado interno han llevado a muchas empresas en ese país a buscar el desarrollo de canales de distribución propios, crear marcas y procesos de aseguramiento de la calidad, pasando de copiadores a desarrolladores de producto.
Lo anterior significa para México que, como objetivo comercial, nuestro mercado no es una prioridad de las empresas o el gobierno chino al menos como ente aislado, si bien como parte de la zona TLCAN es diferente. El tamaño del mercado potencial para los productos chinos de consumo final que pudiesen entrar a México al amparo de un TLC (es decir, respetando todas las reglas y leyes del comercio internacional) es de alrededor de la mitad de la población del país o menos y comparativamente esto para los chinos es alrededor del 4% de su población total y como el 20% de su clase media. Además (y paradójicamente), aparte de luchar contra la conceptualización del público del “Made in China”, deben pelear contra el contrabando de productos originarios de su país y la piratería. Hablando en términos de mercado, la inversión que deban hacer difícilmente se verá justificada por la ganancia (utilidad y posición en el mercado), y como ejemplo de esto se puede tomar el caso de los automóviles chinos que trataron de incursionar en México y no lograron posicionarse aún con todo el apoyo del socio local.
Sin embargo, esto se puede ver como una oportunidad para nuestro país en aspectos de inversión, ya que los sectores productivos con mayor valor agregado en China como los de electrónicos, electrodomésticos y automotriz, entre otros, podrían fabricar en México y llegar a países de Norte y Centro América con costos competitivos y políticas de servicio con tiempos de respuesta más cortos. Sectores como los del calzado también pudiesen ver un beneficio al tener disponibles insumos y maquinaria a costos más competitivos, de los que una buena parte pudiesen ser fabricados en nuestro país derivado de inversiones chinas. De acuerdo a la UNCTAD, la inversión china directa en otros países para el 2009 se calculó en más de 48 mil millones de USD sin contar la inversión bursátil; si bien la cifra está lejos de lo que países como Estados Unidos invierten, deja ver que es una nación que busca diversificar estrategias, con un gobierno que impulsa a sus empresas para que inviertan otros países (lo cual hace por dos razones principalmente: la primera es por el aseguramiento de recursos para mantener a la enorme industria china funcionando y la segunda es para ganar acceso a mercados internacionales).
Hablando del mercado chino, su evolución ha seguido invariable e inevitablemente las leyes del crecimiento económico que se da cuando la población tiende a la concentración en zonas urbanas (se proyecta que la población urbana en China llegue a casi 680 millones de personas para el año 2015). Hay un aumento en el ingreso personal de los chinos (el promedio anual para los trabajadores urbanos pasó de poco más de $1,800 USD en el 2002 a $4,300 USD en el 2008) pero al mismo tiempo en su costo de vida, lo que acarrea a su vez inevitables aumentos en los costos laborales que difícilmente pueden ser subsidiados por el gobierno.
A esta situación se suman la apreciación del Yuan, el encarecimiento de las exportaciones chinas y una inflación que ha tendido al alza durante los últimos 10 meses. Adicionalmente, la participación del consumo en China en el impulso al crecimiento de su PIB ha disminuido drásticamente (del 52% en el 2002 a 36% en el 2008); en la actualidad, China tiene uno de los promedios más altos de ahorro del mundo (38% de su ingreso, contra el 12% de los franceses, 10% de los alemanes y 1.2% de los estadounidenses según él FMI), debido a que cerca de 300 millones de personas guardan buena parte de sus ingresos al no tener servicios de salud institucionales que les asistan en contingencias mayores y previenen estos gastos mediante el ahorro. Cabe aclarar que los chinos que más ahorran son aquellos que conforman las clases media y alta, porque ante el incremento en el costo de vida, son los únicos que ganan lo suficiente como para poder ahorrar; la mayoría de la gente de menor ingreso lleva una economía de subsistencia día a día (situación muy parecida a la de nuestro país).
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